Experiencia de vida
San Antonio de Areco- Luego de 30 años de trabajar como
enfermera, Lucía Soto se jubiló y su
expectativa es ahora, compartir más tiempo con su familia. Aunque no puede
evitar permanecer al servicio de quien solicite su ayuda.
Empezó a trabajar a la edad de 30
años en esta profesión que descubrió tras perder a su esposo y su padre en el
mismo año. “Yo era mucama, y pasar esa experiencia en el Hospital acompañando a
mi padre y mi marido me hizo dar cuenta que mi verdadera vocación era esta. Se
veía mucha necesidad en los enfermos pidiendo ser cuidados”.
Mientras trabajaba de empleada
doméstica, completó el curso de enfermería. Hacía su trabajo en el hospital
Zerboni cumpliendo doble turno e iba rotando entre las áreas de maternidad,
cirugía, terapia y guardia, por lo que los casos eran muy variados y le
otorgaron distintas experiencias.
La fuerza del cariño
“Hay pacientes que van solos y son los que más
necesitan contención. Uno piensa que el paciente es rezongón pero nunca sabe lo
que pasa en su vida. Hay que dialogar y darle cariño”, reflexiona, “he recibido
insultos pero yo no los oía, porque sabía que me necesitaban y a través de la compañía las relaciones
mejoraban”.
Lucía cuenta que el Hospital es su
segundo hogar, ya que encontró allí mucho apoyo para finalizar sus
estudios. “La Hermana Teresa me ayudó. Es una gran familia a la que me integré siendo
viuda y con hijos chicos”. Este hogar,
no sólo le abrió las puertas en lo laboral, sino que le permitió, a través de
su trabajo, poder acceder a la casa propia.
Fue en el Hospital donde también
experimentó otro de los momentos más importantes de su vida, “tengo una hija
adoptiva de 20 años. La mujer a la que asistí en el parto me dijo que no podía
criarla y yo no la quise abandonar. Es una más de la familia. Ella sabe que soy
su mamá de corazón y que me alegró la vida. Cuando la recibí dejé de trabajar 4
años para dedicarme a ella”, relata emocionada.
Cerca de la gente
Lucía llegó a ser coordinadora de
enfermería por 2 años, pero dejó el cargo ya que sentía que ese no era su
lugar. Consideraba que debía estar más cerca de los enfermos. Por eso es que
solo participó en dos paros, “yo no podía evitar ir a atender. Mientras estaba
parada afuera pensaba si algún paciente estaba descompuesto, necesitándome”.
Sin llamados de atención en su
legajo, asegura que siempre mantuvo buen trato con todo el personal, “encontré muchos amigos y nunca tuve
conflictos con ningún compañero ya sea médico, enfermera, mucama. Para mí son
todas personas, somos todos iguales. Nadie es mejor por un cargo”, considera.
Indispensable vocación
Como consejo para quienes se deciden
por esta vocación, Lucía alienta “les quiero decir que se brinden a los
enfermos, que crean en ustedes porque tienen la capacidad, y que confíen en
Dios que siempre nos ayuda”. Luego de meditarlo agrega, ”esto no es para
cualquiera, tienen que tener vocación. No escuchar lo que opina su entorno,
sino escuchar lo que pide el enfermo. Siempre mirar para adelante”.
Recientemente jubilada, puede
compartir el mayor tiempo posible con su familia, con la tranquilidad de “haber
cumplido. Ahora me toca disfrutar de otras cosas, aunque voy a extrañar todo
aquello”. Pero esa situación no impide que reciba en su domicilio a quien la
necesite. “A veces hay gente que me golpea la puerta de noche para que le tome
la presión y yo los ayudo porque quizás no puede ir al Hospital o no se puede
pagar el remis”, relata, siempre al servicio.
