Como en su anterior intento por alcanzar el
pico más alto de América, un año atrás, la expedición estuvo bien organizada y
lo encontró con su compañera Carolina bien
equipados, mental y físicamente fuertes, “estábamos bien preparados, además creo
que la experiencia va sumando”.
Sumado esto a condiciones climáticas
favorables, el objetivo se cumplió incluso
antes de lo previsto, “aprovechamos justo una ventana de tiempo sin vientos
–hubo días con vientos de hasta 120 km- y gracias a eso pudimos hacer la cumbre
en diez días; lo habitual es que lleve hasta catorce días”. El techo de 6965 m se alcanzó en compañía de tres alpinistas más, “siempre está bueno
estar acompañado por otras personas”.
Desde el último campamento, y después de una escalada de diez horas, a
las 15.45, la cumbre, “la última parte es un trayecto muy empinado, llegar fue
una sensación impresionante, un momento increíble, y por suerte estaba en buen estado, no me dolía la cabeza,
nada”. Con él, banderas de instituciones
con las que está relacionado, entre ellas, la de San Andrés de Giles, “tener la
bandera de mi pueblo en lo más alto de la Cordillera fue increíble, fue un día
soñado, con poco viento, claro, con vistas a 360º”.
Esto, tras entrenamiento
en Mendoza con el guía Julián Insarralde
desde principios de enero, y el 15 de febrero partida desde Punta de Vacas, caminata
de unos 60 km , con unos quince kilos en la mochila (“se lleva lo mejor y
lo indispensable”) hasta el campamento base, Plaza Argentina. Desde allí, tras un día de descanso, rumbo a la cumbre en tres etapas y en
modalidad serrucho para permitir la aclimatación. La última etapa, a 6000 m , “un campamento muy frío, mucho viento, se
llama Cólera, también a esta zona de la Cordillera se la llama muerte, el
cuerpo continuamente está perdiendo células, no hay agua, derretir nieve lleva
horas; desde ahí hay que hacer cumbre y ya bajar”. Nada simple, “hay que guardar resto, el 80%
de los accidentes en la montaña se da en bajada, se camina muy despacio, seis a
diez pasos y se descansa tratando de sacar oxígeno de donde haya, concentrados
al mil por ciento, una bajada lenta”.
En la civilización, tres días después, “de vuelta en la ruta 7, llegamos
a Puente del Inca y ahí ya teníamos comunicación, un golazo”.
