Trayectorias
San Antonio de Areco. Con
reconocida trayectoria en su profesión, Luis María Victorica comentó
acerca de satisfacciones que su
elección, la oftalmología, no cesa de depararle desde que comenzó a
ejercer a mediados de los ‘60.
Siendo
el mayor de los cinco hijos de María Luisa Altamiranda y Rufino Victorica,
matrimonio residente en la localidad bonaerense de San Miguel, la elección de
su lugar en el mundo llega apenas finaliza la carrera en la facultad de
Medicina de la Universidad de Buenos Aires.
“Acá llegué un 4 de mayo de 19 65”, precisa Victorica. Para entonces ya había ganado experiencia al
lado de Hugo Nano en su consultorio de San Miguel, y en donde, manteniendo la
vinculación, surge la idea de radicarse en Areco. “Una joven de aquí se operó
de estrabismo en San Miguel y para evitar gastos sanatoriales en el pos
operatorio se quedaba en casa de
familiares, adonde yo la iba a curar”.
En reciprocidad, Victorica es invitado a Areco y la impresión es buena,
“me invitaron con mi padre y hermanos y quedé encantado con la gente, su manera
de ser, con la misma ciudad; me insistieron en que viniera acá y a los quince
días ya me habían conseguido un lugar para atender”. Pronto debió incrementar la atención semanal
de los martes, “enseguida tuve una concurrencia de pacientes y al año y medio
construí ex profeso el consultorio sobre Alvear, en cuatro meses lo tuve con llave en mano” (donde hoy
funciona la oficina de ARBA).
Su
llegada es providencial para Areco y para la zona, “desde hacía unos veinticinco años venía al
Morgan un oftalmólogo del hospital Santa Lucía, de Buenos Aires, que se estaba
por retirar, y tampoco había oculistas en Baradero, Sarmiento, Capilla, Giles,
Baradero”. Su agradecimiento especial a
quienes en sus inicios lo instaron a radicarse y construir su vida aquí, las
familias Papaleo y Fiore, “y a muchos otros que enseguida mostraron su amistad,
como el óptico Fierrito”. Ya en ejercicio
de la profesión, se casa en el ’67 con quien
sería la madre de su primer hijo Mauricio -y padre de sus dos nietos (de un
segundo matrimonio nacerían dos hijos más, Luis María, 20, y Fiamma, 18).
Y desde
aquí continúa el aprendizaje de la mano
del especialista de renombre internacional, “seguía yendo al hospital de
Clínicas y con el doctor Nano comenzamos acá en el hospital Zerboni con las
primeras cirugías de cataratas, eso en junio de 1965, con miembros del equipo
de Nano operábamos todos los sábados”, recuerda Victorica.
Trascendencia
Diez
años después el desafío es concretar un trasplante de córnea, y no existiendo
aún un ente nacional para regular la
donación de órganos, el impulso a una ordenanza del médico entonces concejal Juan Carlos Daverio permite a un paciente
recuperar la vista, “después lo veía en Giles, de donde era, andando en
bicicleta”. Abriéndose la posibilidad de
preservar la vista a muchos otros en iguales circunstancias, la noticia del trasplante
de córnea trascendió en la zona por
medios locales y zonales.
Hacia
el ’78, de regreso de un perfeccionamiento en Estados Unidos, sin poder cumplir con lo que implicaba su
pertenencia al Rotary Club (al que había ingresado a instancias de Indalecio
Reguero, en esa época al frente del hospital Zerboni), Victorica encuentra el
modo de seguir colaborando. “Un proyecto
del Rotary por el cual examinábamos a los chicos de las escuelas primarias,
ofreciendo tratamiento y anteojos a
aquellos que lo necesitaban, y en ese compromiso el Rotary sigue”.
Consolidándose
en su especialidad, las circunstancias del país
a mediados de los ’70 demoraron
la construcción de una clínica oftalmológica de avanzada (“fue el famoso
Rodrigazo, fue tremendo, era imposible seguir”), pero logra concretarla con
modificaciones sobre la calle Alem unos diez años después. En el ’88, durante el gobierno radical,
tampoco es fácil, “en la presidencia de Alfonsín me agarró la hiperinflación
pero no aflojé y aunque lo pagué todo tres veces más hice la parte de quirófano,
ascensor, segunda planta, toda la aparatología de rayo láser, etc, pero se
logró”. Dificultades incluidas, acá en
Areco, Baradero, hospitales y clínicas de la zona, “toda mi actividad oftalmológica, que ahora
la centralizo acá, la hice con mucha alegría”.
Continuidad profesional
Asentado
en su trayectoria y siendo la actividad lo suyo, deja a un lado la posibilidad
de jubilarse (“nací el 30 de julio de 19 35, ya me pasé unos años”) y en
el propósito de “sumar esos avances de alta complejidad a la comunidad”,
contempla integrarse a un equipo de investigación en Buenos Aires. “Están dirigidos hacia la investigación
de enfermedades relacionados con
patologías diabéticas, procesos
vasculares de la retina y otras enfermedades”.
Victorica aclara que no se trata solo de avances en tratamientos de
enfermedades propias de la prolongación de la vida (“por suerte han aparecido
los recursos para el tratamiento”), sino de circunstancias propias de la época.
“Se producen muchos accidentes oculares, como accidentes en la carretera o en
ámbitos de trabajo, en industrias donde por ejemplo se manipula amoníaco; por
eso hay un proyecto de crear en la zona un centro de alta complejidad de
tratamiento para urgencias, con banco de ojos y todos los elementos necesarios,
los que tengo y pongo a
disposición”. No se trata de un
proyecto sin fundamento, “los sábados y
domingos que estoy acá me dedico a atender urgencias de todo alrededor”.
Próximas
las fiestas de fin de año, Victorica envía un saludo de buenos auspicios para
sus pacientes (en sus ficheros, más de sesenta mil) y a toda la comunidad,
más un deseo expreso orientado a la
salud, “desearía que las autoridades lograran que el hospital Zerboni
recuperara el prestigio y equipamiento que en su tiempo lo supo distinguir”,
alentó.
