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martes, 6 de diciembre de 2011

DICIEMBRE 6, “DÍA NACIONAL DEL GAUCHO”

Aporte de: Guillermo Sobral-CENTRO TRADICIONALISTA REAFIRMACION GAUCHESCA.
Se festeja el 6 de Diciembre, dado que en esa fecha del año 1872 apareció publicada en forma rústica la primera edición de "El Gaucho Martín Fierro", escrito por José Rafael Hernández, primera parte de la obra literaria mas importante de nuestra nacionalidad, conocida como "La Ida", ya que su segunda parte, aparecida en 1879 se tituló "La Vuelta de Martín Fierro". El Gaucho es, sin dudas, el arquetipo de nuestra nacionalidad, y José Hernández, quien lo puso en la consideración del pueblo de su patria, la que el conquisto a pata de caballo y defendió con su vida. Por eso el 6 de Diciembre se recuerda su gesta y su impronta, para tratar de recobrar un poco de sus valores y de aquello que llevó, allá por el ochocientos, a ser distinto de sus antecesores y diferente a cualquier otro habitante de la tierra. En ese tiempo y espacio en que se consolidó como forjador de nuestra Identidad Nacional. Rescatemos del Gaucho, su predisposición a brindarse al prójimo, su estar siempre dispuesto sin esperar nada a cambio, su vocación por la libertad, su hidalguía, su valentía en las luchas de independencia... Recordemos al Gaucho, que recordándolo nos reencontraremos con nuestras raíces y nuestra propia identidad nacional. 
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Las estancias tuvieron que afrontar la falta crónica de mano de obra durante la primera mitad del siglo XIX en toda la campaña bonaerense. Los puestos y poblaciones de los establecimientos se mantenían habitualmente con un mínimo de personal asalariado y en forma ocasional se contrataban peones o jornaleros, para las yerras, arreos o atención de las crías.  El contrato extra (conchavo) se realizaba ofreciendo salarios mas altos que los de los trabajadores estables. En el año 1841, Pablo Muñoz pagaba en su estancia de Lobería $ 100.- mensuales a su capataz y $ 60.- a sus peones, mientras que los jornaleros recibían $ 15.- diarios por tareas de yerra y aparte de terneros.

Sin embargo ante la escasez de personal, este salario no resultaba suficiente para convocar o retener la mano de obra. Por dicho motivo, en 1815 el Gobierno central emitió un decreto por el cual, todo hombre que no acreditara ante el Juez de Paz tener propiedades, sería reputado como sirviente y quedaba obligado a llevar comprobantes de su patrón, visados cada tres meses, so pena de ser considerado vago.  Implicaba también vagancia transitar el territorio sin permiso del mismo Juez.
Los declarados vagos sufrían cinco años de servicio militar en la frontera o dos años de trabajo obligatorio en caso de no resultar aptos para servir en el ejército. Tenían que trabajar o proteger las estancias.
Estas disposiciones resultaron difíciles de implementar en la práctica, debido al poco poder de policía que podía ejercer el Estado en sus zonas de frontera.  Por esto, el creciente poder político de los hacendados y estancieros presionó hasta que a mediados de la década de 1820, logró que los Jueces de Paz se eligieran de una terna que presentaban los estancieros de la región y fueran ellos mismos los encargados de hacer cumplir esa legislación.  De esa forma, el aparato judicial y policial quedó definitivamente al servicio de la "disciplina" del trabajo en las estancias.
Desde el gobierno, Sarmiento intentó concretar proyectos renovadores como la fundación de colonias de pequeños agricultores de Chivilcoy y Mercedes. La experiencia funcionó bien, pero cuando intentó extenderla se encontró con la cerrada oposición de los terratenientes nucleados en la recientemente fundada Sociedad Rural Argentina, que en la persona de su presidente Enrique Olivera, le hizo saber a Sarmiento que el sindicato de los terratenientes consideraba “inconveniente implantar colonias como la de Chivilcoy donde ya estaba arraigada la industria ganadera”. Sarmiento se enojó y declaró: “Nuestros hacendados no entienden jota del asunto, y prefieren hacerse un palacio en la Avenida Alvear que meterse en negocios que los llenarían de aflicciones. Quieren que el gobierno, quieren que nosotros que no tenemos una vaca, contribuyamos a duplicarles o triplicarles su fortuna a los Anchorena, a los Unzué, a los Pereyra, a los Luros, a los Duggans, a los Cano y los Leloir y a todos los millonarios que pasan su vida mirando cómo paren las vacas. En este estado está la cuestión, y como las cámaras (del Congreso) están también formadas por ganaderos, veremos mañana la canción de siempre, el payar de la guitarra a la sobra del ombú de la Pampa y a la puerta del rancho de paja”.
Sarmiento pensaba que el gran problema de la Argentina era el dilema entre la civilización y la barbarie. Como muchos pensadores de su época, entendía que la civilización se identificaba con la ciudad, con lo urbano, lo que estaba en contacto con lo europeo, o sea lo que para ellos era el progreso. La barbarie, por el contrario, era el campo, lo rural, el atraso, el indio y el gaucho. Este dilema, según él, sólo podía resolverse con el triunfo de la "civilización" sobre la "barbarie". Decía en un lenguaje ciertamente bárbaro: “Quisiéramos apartar de toda cuestión social americana a los salvajes por quienes sentimos sin poderlo remediar, una invencible repugnancia”. En una carta le aconsejaba a Mitre: “…no trate de economizar sangre de gaucho. Éste es un abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de seres humanos esos salvajes”.
De mis penas el relato,/ Que nunca peleo ni mato/ Sino por necesidá,/ Y que a tanta adversidá/ Sólo me arrojó el mal trato.
El nada gana en la paz/ Y es el primero en la guerra/ No se lo perdona si yerra,/ Que no saben perdonar./ Porque el gaucho en esta tierra/ Sólo sirve pa votar.
Para él son los calabozos,/ Para el las duras prisiones/ En su boca no hay razones/ Aunque la razón le sobre;/ Que son campanas de palo/ Las razones de los pobres.
 Si uno aguanta, es gaucho bruto;/ Si no aguanta, es gaucho malo./ ¡Déle azote, déle palo!,/ porque es lo que él necesita./ De todo el que nació gaucho/ Esta es la suerte maldita.
Al mandarnos nos hicieron/ Más promesas que a un altar./ El juez nos jué a proclamar/ Y nos dijo muchas veces:/ “Muchachos, a los seis meses/ Los van a ir a revelar”
El campo le da al gaucho caracteres definidos; librado a sus propias fuerzas pero con el alimento asegurado no crea sino lo que necesita con urgencia.
La enorme mayoría de los gauchos fueron hombres normales, de gran criterio, que hacían culto a la libertad; admiraban la fuerza física, el denuedo, la resolución, la habilidad, la belleza, la música y la poesía; por eso los payadores tuvieron tan alta consideración en el gauchaje, al extremo de suspender su juego favorito, el “pato”, para oír al payador:
Cuando un grito de repente, llenó el campo y al clamor Cesó la lucha en honor De un sólo nombre bendito. Y ese grito era este grito: Santos Vega el payador!
(Obligado)

El gaucho trabajó en cosas que tuvieran relación con su idiosincrasia, fue un especialista; se conchaba en yerras, domas, rodeos, arreos, de baquiano, de guía, compañero de viaje, etc. y en todos ellos cumplió sobradamente su ocupación, pero exigió el fiel cumplimiento del convenio y guay!! del que lo falseara.
En su vida común, el gaucho, siguió los impulsos primitivos, desdeñó las comodidades del poblado, su rancho fue un albergue primitivo y esporádico, su cubil fue el recado, despreció las armas de fuego, propias de máulas e incapaces, y en una tierra pródiga de inmensas heredades donde levantaban las haciendas, sólo cuidadas por Dios, nunca consideró tomar una para comer o deambular...
Cuando no tuvo ocupación fue copartícipe de las reuniones propias de su ambiente y de su tiempo, carreras, bailes, payadas, contrapuntos, juegos de habilidad y fuerza, el Pato, la Taba, la pulpería y la ranchada; gustó el alcohol hasta puntearse, pero no fue borracho caidor como el indio, su pasión fue el caballo, su amor la mujer, su deleite la música, el baile y la poesía; su criterio fue claro y primitivo como la selección natural: “la perfección por el triunfo del mejor”.