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viernes, 29 de abril de 2011

Vida de entrega


Despedida a Mónica Giménez de Álvarez
Capitán Sarmiento.  La comunidad dio una sentida despedida a Mónica Giménez de Álvarez el lunes 25, fallecida el día anterior tras una vida de entrega y disposición en la docencia, la función pública y todo su entorno. Para quien fuera concejal, directora del hospital San Carlos y profesora cerca de treinta años, Adriana Bava puso en palabras el sentimiento que la acompañó en el adiós.    


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A Mónica
En estos dos días sólo he escuchado palabras hermosas acerca de Mónica, palabras que la nombraron desde los ángulos públicos y personales de su vida: Su serio desempeño profesional,  su saber, su docencia eficaz, su vocación de servicio, su participación en la comunidad desde el plano político, el hospital, la escuela. Su capacidad e inclinación por el acompañamiento de aquellos que tenían problemas y sufrían,  sus días y años como madre de familia ejemplar. Y, quienes la “pintaron” por así decirlo, han enfatizado su incansable actividad, su energía, su fortaleza y empuje, su buen ánimo y presencia, su entusiasmo, su coraje y capacidad para enfrentar los hechos y la realidad, su talento para solucionar problemas en forma diligente, acertada, y prudente si era necesario.

Siento la necesidad de escribirle algo…pero todo está dicho, Mónica ha sido una persona fuera de serie…
Hoy, regresando de nuestro cementerio, en esta mañana inocente de sol, y de luz, en esta mañana clara de un otoño bellísimo…Hoy la pensé desde otro lado, la “contemplé” desde la misma colina en que ella solía detenerse para mirar el mundo… La colina de la vida.
Mónica era sabia, sensible, pacífica. Una Mónica que sólo desde esa sabiduría, esa sensibilidad y esa pacificación, pudo ser la Mónica que todos recuerdan. No se saca de donde no se tiene. Y toda la energía y la vitalidad y la acción, surgían de una mansa fuente que Mónica llevaba dentro. Hay que saber ver, y hay que aprender a ver.
Cuando era jovencita, y El Negro nos la presentó, me llegó como una mujer de increíble exquisitez espiritual, eso…que no abunda. Nos entendimos rápido, y aún no viéndonos con frecuencia, seguimos entendiéndonos de la misma manera durante años y años. De una manera simple, en una conversación en la que no estaban presentes las obligaciones y las presiones diarias, sino…la Vida.  Mónica tenía vocación por la vida.
Amaba la belleza, veía la belleza donde otros no, era compasiva al extremo, sus ojitos se empañaban al escuchar una historia triste o una historia con final feliz. La Naturaleza fue su gran necesidad y su sosiego. Y los animales, su gran pasión.
Curiosa, inteligente, sagaz, divertida, amiga de la risa, amante de los buenos momentos.
Impecable en su vestir y en su llevar ese vestir, siendo su mejor elegancia, la elegancia espiritual. Podía sin el menor asomo de fastidio, arrugar una flor en su solapa para abrazar a un chico, o quitarse los aros y olvidar uno para hablar largo por teléfono con alguien que necesitaba de su aliento. Adoraba sus collares sólo porque le recordaban momentos, o lugares, o episodios felices. Sus altos tacos de siempre, eran el adalid de su feminidad, y de la feminidad de todas las mujeres. Aún en  permanente contacto con los enfermos y el dolor, ella llegaba taconeando y lograba recordarles la dignidad de la vida plena. Y esperanzarlos…y esperanzarnos. Cuando yo la veía pasar sobre sus tacos…sólo pasar, cualquier tristeza, o pena, o frustración, se volaban de mí. Sus pisadas decían: Es posi-ble, Es posi-ble…
Y Melody! “la Basset de la Dra Giménez”… acostadita al sol, en la vereda, atada con su collarcito para que no se fuera a curiosear y se perdiera. Melody que sabía que Mónica estaba trabajando, seria y profesional, ensimismada, metida en lo que hacía, pero sonriendo sola cada vez que recordaba que su Melody existía.
Y todos los animalitos que amó, que amó más de lo que la gente del común ama a sus animales.  Hablaba de ellos y surgía la Mónica frágil, infinitamente tierna, piadosa, conmovida… la Mónica que cada vez que veía mis peluches en la escuela, quería llevarse uno…o todos.
Son estas, pocas y leves palabras. Palabras que dicen acerca de la levedad de la vida.
Creo que hay gente que jamás ha visto ni de lejos, a una mujer como Mónica. Nosotros, los habitantes de este pueblo hemos tenido la fortuna de tenerla, cerca, en este torbellino del destino.
Finalmente, lo que me llegó siempre como lo mejor de Mónica: su instinto maternal claro y certero.
Mónica era maternal con todos, no existían muros de clase alguna que se interpusieran entre ella y su amor maternal por la gente.  Ella recomendaba, mandaba, ordenaba, pedía, aconsejaba…o hasta, a veces, era imperativa en hacernos poner un abrigo si la tarde estaba fría.
Hoy la tarde estará fría, y deberemos, solos, ponernos un abrigo en su honor.
A su familia lo único que puedo decirle, es que Mónica fue “un lujo” que la Vida se dio a sí misma. Han tenido en casa un tesoro intangible…
Mónica…voy a extrañarte y a pensar en vos, siempre.
¿Habrás cruzado ya el Puente del Arcoíris? Adheriste a esa leyenda cuando te la narré, con tus ojitos parpadeando las lágrimas.
Adriana Bava