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| Padre Hernán Lucía y el diácono Eugenio Sánchez |
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Un llamamiento que experimentó en una de sus habituales peregrinaciones a Luján, ya habiendo dado por finalizados sus estudios y ocupado en un horno de ladrillos, «caminando a Luján, cuando entré a la Basílica y vi la gente comulgando, cantando, me pregunté ‘por qué no yo’; lo veía como una utopía, mis estudios eran muy precarios, pero hablé con los sacerdotes y tuve su acompañamiento y también el de mi familia». La formación es rigurosa, «se estudia mucho pero vale la pena; uno estudia para el servicio de la gente». Su consejo para quien sienta el llamado religioso, «charlarlo con un sacerdote y no quedarse con la inquietud, si hay vocación Dios ayuda, el campo de Dios es grande y hay necesidad de pastores».
Si bien los tiempos siempre fueron difíciles, «no por eso nos vamos a quedar de brazos cruzados, hoy nos toca a nosotros este tiempo y debemos trabajar para que el pueblo pueda salir adelante». En el seminario en Luján, «uno ve la necesidad de la gente, los grandes medios no le dan importancia pero millones de personas van a Luján, a San Nicolás, a Itatí, a Salta; y nosotros cuando andamos en la calle y visitamos los barrios palpamos que hay fe». En esta transmisión de la fe, destaca Eugenio, «los grandes catequistas son los padres, en mi caso la linda responsable fue mi mamá, y también el ejemplo de mis hermanos».
En tanto espera la ordenación de sacerdote («si Dios quiere el año que viene, pueda ser que sea en Cucullú»), su comunidad también fue un soporte, «al principio era algo que parecía imposible pero la gente me acompañó y me sigue acompañando, siempre me dieron fuerzas». Como diácono «puedo hacer casamientos, bautismos, celebración de la palabra, bendiciones».
